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A menudo se habla de la edad de las cepas como un factor de
calidad en el vino, pero ¿os habéis parado a pensar alguna vez en su
valor histórico, simplemente como testimonio de tiempos pasados?
Jancis Robinson ha publicado en su web un interesante artículo sobre algunos viñedos realmente viejos (se
refiere a 50, 100 o más años) esparcidos por el mundo en el que se
desvelan lugares que realmente sorprenderían a muchos aficionados como
la isla de Santorini en Grecia (con el supuesto récord de cepas de 400
años), algunas zonas de Barossa Valley y Eden Valley en Australia o
ciertos viñedos de California, especialmente de zinfandel. Es
curioso además que tanto en Australia como en California hayan surgido
iniciativas de distinto tipo para censar estas joyas vinícolas.
Por supuesto que la lista hace referencia a viñedos de
productores tradicionales como Francia, Italia, Portugal y también
España, aunque por nuestro país pasa bastante de puntillas.
No tenemos noticia de que exista en España ningún intento de
documentar y cuantificar nuestros viñedos más viejos (que sería un más
que interesante ejercicio de arqueología vitícola), aunque es cierto que
tenemos un buen número de ellos. Quizá no tantos extremadamente antiguos
teniendo en cuenta la amplia incidencia de la filoxera en nuestro
país entre el último cuarto del siglo XIX y principios del XX. De ella
sólo se libraron los viñedos canarios y algunas zonas especialmente
aisladas y con predominio de suelos arenosos que dificultaron el
desarrollo de este devastador insecto que ataca las raíces de la vid.
Su incidencia fue tan dramática que marcó un antes y un después
en la historia vitícola del planeta. Hablamos de hecho de viñedos
prefiloxéricos y de “pie franco” o plantados directamente en el suelo
porque desde la filoxera se injerta sobre pies de vides americanas
debido a su probada resistencia a la plaga.
Algunos focos de vides prefiloxéricas existentes en España se han
traducido en vinos especialmente notables. Pensemos en el Albariño Do
Ferreiro Cepas Vellas, en Rías Baixas, elaborado con plantas que podrían
llegar a los 200 años; en Rueda, el Blanco Nieva Pie Franco o el Ossian,
ambos con cepas prefiloxérícas de verdejo; en tintos, el
espectacular Termanthia de Toro, el Dominio de Atauta Valdegatiles en la
recóndita Ribera del Duero segoviana, o el proyecto de la bodega Viñas
del Cénit que recupera viñedos centenarios y plantados en pie franco de
de la zona más occidental de Zamora. (Por cierto que el Casa Castillo
Pie Franco de Jumilla, aunque elaborado a partir de viñas muy viejas
procede de una parcela plantada sin portainjertos en 1941).
Aunque se habla de cepas viejas a partir de los 30-40 años y este
concepto se refleja a menudo en la etiqueta como un valor añadido que
incentiva la compra, existen en España viñedos mucho más ancestrales. Y
la pasión de muchos elaboradores por recuperarlos no debería hacer
olvidar que una parte importante de ellos se ha perdido: cepas
arrancadas por su escasa rentabilidad económica, la dificultad del
cultivo o el abandono del campo.
Su supervivencia depende de que se traduzcan en vinos singulares
y que emocionen. Como los nuevos priorats, bierzos o monastrelles
murcianos, las garnachas de Aragón, Méntrida, Cebreros o San Martín de
Valdeiglesias, los tempranillos más viejos que se esconden en distintos
rincones de Castilla y de Rioja, los moscateles de la Axarquía
malagueña…
Porque hay algo más que vino en estas botellas. Como dice Jancis
Robinson, “lo que producen es único y nos da una conexión directa con la
historia y las generaciones que nos precedieron”. ¿No deberíamos
proteger y cuidar con ahínco nuestro patrimonio vitícola?
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