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Una parte importante de nuestro patrimonio vitícola, quizás el más exótico, se encuentra en el archipiélago canario, donde gracias a su aislamiento han sobrevivido variedades que ya no se encuentran en otros lugares o cuya presencia es muy reducida. El gran problema de estos vinos isleños es su escasa representación en la Península y la dificultad de probarlos. Incluso a los profesionales nos cuesta conseguir muestras para nuestras guías y publicaciones.
Por eso una de las sorpresas más agradables en la parada madrileña dentro de la gira de la distribuidora Cuvée 3000 por varias ciudades españolas, fue la posibilidad de catar los vinos tinerfeños más originales de Viñátigo (D.O. Ycoden-Daute-Isora) y los de la bodega creada por este grupo en El Hierro bajo el nombre de Tanajara. Gracias a la labor de recuperación de variedades autóctonas realizada en los últimos años por Viñátigo, sus vinos estaban entre los primeros de nuestra lista frente a las aparentemente más seductoras etiquetas de Borgoña, Alsacia y de otras regiones francesas y españolas.
El principal atractivo de la variedad blanca gual, por ejemplo, es la presencia natural de whiskylactona en el hollejo, la misma sustancia que aporta la barrica, lo que le da unas curiosas notas almendradas y ahumadas. En el Viñátigo Gual 2006 del que sólo se elaboran 7.000 botellas aparecían también recuerdos de almíbar y orejones, con ligera nota oxidativa que no enturbia el conjunto, pero buena acidez y final terroso evocador de sus suelos volcánicos. Contrastando con Félix Cabello, del centro de investigación vitícola El Encín en Madrid, nos comentaba que ésta es la misma variedad que la boal cachudo portuguesa y la torrontés cultivada en Galicia, que es por cierto distinta de la del resto de la Península.
En Canarias, la conjunción de variedad, clima y suelos volcánicos da lugar a unos patrones aromáticos y gustativos de gran originalidad. Pero qué diferencia por ejemplo entre dos tintos como el Viñátigo Negramoll 2006, fresco, ligero, con notas mentoladas y a eucalipto y ligera astringencia de sus taninos, y el Viñátigo Tintilla 2006, mucho más, intenso, concentrado y lleno en boca, pese a tener similares recuerdos de bosque y fruta roja, más un delicioso final a chocolate. La tintilla, según datos de El Encín, es la misma merenzao o maría ordoña de Galicia, llamada verdejo tinto en Asturias.
Más inclasificables aún nos resultaron los tintos procedentes de El Hierro, la más occidental de las islas Canarias y también la de menor extensión. Fundada en 2003, la bodega Tanajara es un proyecto reciente que trabaja a partir de un viñedo situado a 600 metros de altitud. Probamos un Tanajara 2005 elaborado con vijariego negro que en El Encín nos dicen que es la sumoll catalana pero no se parece en absoluto a las pocas experiencias que hemos probado de esta zona. Con siete meses de barrica, este tinto era muy exótico, con fruta y especias dulces (níspero, vainilla, cardamomo) y un marcado final terroso.
Catamos por último un Tanajara 2006 elaborado con baboso negro y criado un año en barrica que nos pareció la etiqueta más fascinante de todas. Con una curiosa combinación de fruta dulce y hollejos tostados seguidos de un larguísimo final y mucho carácter de terruño (polvo, ceniza). Un vino muy auténtico y muy pegado a la tierra. Por cierto que nos dice Félix Cabello que esta variedad es la misma alfrocheiro preto de Portugal, bruñal de Arribes del Duero y albarín tinto de Asturias. Y los trabajos que realizan con ella en la finca madrileña de El Encín han sido cualitativamente muy satisfactorios. ¿Tanto como para importarla al viñedo peninsular?
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